La princesa que durmió durante la pandemia

Volver a contar ‘La Bella durmiente del bosque’

Digital collage of a girl riding a horse, superimposed on a forest.
Dos imágenes del dominio público — Woman riding horse por mohamed mahmoud hassan y Magical forest scene in New Zealand por Chris Fort — superimpuestas digitalmente y alteradas por Tucker Lieberman.

También en inglés: Read a version of this story in English.

La palabra introductoria “ERASE” escrita en letras elegantes del siglo XIX.

Érase una vez, en la época antes de la pandemia, una princesa adolescente, Rosa de la Zarza, quien vivía en un castillo con sus padres. Le gustaba galopar por el Mágico Bosque Brillante y el paisaje del campo más allá; es decir, hasta que comenzó la pandemia.

Los campesinos comenzaron a agendar sus citas de vacunación. La primera dosis, la segunda dosis: ¡terminado! Se decía que la primera dosis era medio potente, mientras que la segunda los volvía a todos completamente inmunes.

Los padres de Rosa de la Zarza no le permitieron que se vacunara. Escucharon a su asesor, quien leía las hojas de té en calderos y les advirtió que la vacuna era un truco.

— ¿Ustedes han visto alguien de verdad morir de la pandemia? — el asesor les preguntó sabiamente.

— Pues no — dijo la madre de Rosa de la Zarza.

— Imaginé que no. — El asesor sorbió —. Es una pandemia falsa y una vacuna falsa.

— Damisela, ¿lo escuchó? — el padre de Rosa de la Zarza rugió triunfantemente a su hija.

El asesor continuó. — Los médicos usan esa aguja para implantar un sistema hábil dentro de usted. La primera ‘dosis’ le microchipea el brazo. La segunda ‘dosis’ le conecta a la red. Una vez que esté conectado, sabrán adónde va en su caballo. Es su verdadera agenda.

— ¿La de quién? — preguntó Rosa de la Zarza. Era una joven inquisitiva.

— La de nuestros enemigos, Querida — su madre dijo. — Pf.

— Le prohíbo vacunarse— dijo su padre.

— Pero — dijo Rosa de la Zarza, — todo el mundo se está vacunando.

— ¿Rendirás nuestra ubicación a nuestros enemigos sólo porque todos los campesinos están haciéndolo? — alegó su madre.

La princesa persistió. —¿Cómo podemos organizar el Baile Nocturno en nuestro castillo si no nos vacunamos? Nadie querrá venir.

— Los campesinos creen en el poder de esas vacunas falsas. Creerán que están protegidos de la pandemia — dijo su madre. — Entonces, ¿por qué les importaría si nos vacunamos nosotros? No es asunto suyo.

— Es el brazo mío — dijo su padre, aislacionista como siempre.

—¡Pero ponemos en riesgo su salud! ¡Podríamos infectarlos!

— La pandemia entera es falsa, — la madre de Rosa de la Zarza le recordó.

Rosa de la Zarza llamó a su genial tía.

— Tonterías y sandeces — dijo la tía por el teléfono. — Igual te compraremos un vestido morado para el Baile Nocturno con una cinta a la cintura. Igual encontraremos para ti un collar de cristal. Y como de todos modos están organizando un Baile Nocturno, por supuesto que te vamos a vacunar. No hay pero que valga. No me importa lo que digan tus padres.

— ¡Sí!— dijo Rosa de la Zarza alzando el puño.

Su tía la llevó en su cumpleaños 16. Fueron a la costurera y compraron el vestido morado perfecto. Fueron al joyero y encontraron el collar perfecto. Fueron a la clínica y Rosa de la Zarza recibió la vacuna en el brazo. No le dolió, de hecho. Se sentía poderosa.

Una vez que los padres de Rosa de la Zarza descubrieron lo que había pasado, llamaron a su asesor al castillo. Rosa de la Zarza se negó a bajar las escaleras, así que sus padres lo llevaron arriba.

Él inspeccionó el sitio de la vacunación en el brazo.

— En realidad, ella ya tiene el microchip. No se puede deshacer — dijo, frunciendo el ceño. — Yo solamente puedo protegerla de daños futuros.

Farfulló algo en la oreja de la princesa: un encanto mágico. — Ya está, ya está — dijo, acariciándole el brazo.

Entonces él y los padres dejaron la habitación. Cerraron la puerta para que no oyera lo que decían sobre ella en el pasillo.

— Le puse magia — explicó el asesor. — Por su parte, aseguren que no reciba la segunda inyección. Si ocurre, el momento que pique su piel, ella se conectará a la red; pero, debido a mi encanto protector, también caerá en un sueño profundo. Al menos le impedirá violar las reglas de la casa en el futuro.

Giraron la llave en la puerta de la princesa, encerrándola en su habitación.

Una vez que Rosa de la Zarza se supo presa, lloró y lloró.

Luego, secándose las lágrimas, se puso el tapabocas y salió por la ventana por el enrejado de glicina lila. Montó su caballo y viajó a la clínica por sí misma, ahora que sabía donde estaba, y consiguió su segunda dosis.

Otra vez, la aguja no le dolió, pero esta vez su sistema inmune reaccionó fuertemente. Se sintió somnolienta. — ¿Así es como uno se siente cuando está conectada a la red? — masculló, medio soñando, antes de desplomarse en la cama y dormirse profundamente.

Por más que lo intentaron, sus padres no pudieron despertarla. Su asesor le había puesto una magia fuerte. Lamentaron este giro, pero en público decían que había sido para bien. Según les informó su terapeuta de pareja, se sentían “ambivalentes.”

La vistieron en su morado vestido del Baile Nocturno y en su collar de cristal. Dejaron que ella llevara su tapabocas, no porque creyeran en ninguna pandemia de la que hubiera que protegerla, sino porque se sentían tristes mirando su belleza durmiente.

Allí durmió, tranquila y sin molestias, por cien años. Sus padres murieron. Su genial tía murió. El personal del castillo murió. El bosque canturreó con rumores de la princesa que dormía durante la pandemia interminable. Algunos hombres soñaron con encontrarla, pero nadie podía recordar dónde estaba ubicado su castillo.

Hasta que un día un príncipe joven y valiente resolvió encontrarla. Ya se había vacunado contra la variante anual, y, como si el destino lo estuviera guiando, montó su caballo en línea recta a través del Mágico Bosque Brillante directamente al castillo.

Trajo una vacuna actualizada para la princesa. En su época, una dosis era todo lo que se necesitaba. Le picó el brazo. Ella se movió. Sólo entonces él le quitó el tapabocas y la besó.

— Qué lindo conocerle — dijo Rosa de la Zarza, bostezando y estirándose. — Ay no, esta habitación está polvorienta. Por favor, disculpe el lío.

— Ha dormido mucho tiempo.

— Me parece que sí. Gracias por esperarme.

— No, gracias a usted por esperarme a mí.

— Apenas me pareció una hora. Sin embargo, creo que a mi teléfono le falta una carga. ¿Cómo supo que yo estaba aquí?

— La app ‘Encuentre Mi Princesa’ — dijo el joven. — Fue fácil rastrearla. Usted tiene un microchip.

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Dignity & democracy. Truth & time. https://tuckerlieberman.com/

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Tucker Lieberman

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